Desde que arrancó esta llamada Cuarta Transformación entendimos que este rumbo no terminaría bien. Y el México que somos hoy es el resultado de problemas que se vienen arrastrando desde el primer día en que López Obrador tomó el control del país. Sus prioridades nunca fueron el desarrollo de México ni el bienestar de su gente, sino cuidar a su familia y a su círculo más cercano, sin importar qué daño causen al resto de la población. Cada decisión que toman deja secuelas negativas que se acumulan y que cada vez son más difíciles de revertir.
Lo primero que salta a la vista es que ya no existe ninguna lealtad entre quienes dicen formar parte del mismo proyecto. Hoy sabemos que personas que estuvieron al lado del expresidente durante cuarenta años, además de gobernadores, legisladores y funcionarios de alto nivel, presumiblemente han decidido entregar información al Gobierno de Estados Unidos. Y para ser más precisos, hablamos de Rutilio Escandón y Adán Augusto López.
Ya no son aliados. Hoy individuos que buscan salvar su propia piel cuando sienten que el suelo se les mueve bajo los pies, y no son los únicos, aunque muchos no se han atrevido a reconocerlo públicamente. Mientras algunos intentan disfrazar esto como una simple intromisión externa, otros actúan por puro interés personal, sin importar que con sus acciones revelen lo podrida que está su propia estructura de poder.
Todo este desorden gira en torno a la familia del exmandatario. Desde hace años, en Palacio Nacional lo único que importa es impedir que las investigaciones avancen y lleguen a tocar a los suyos. Se hicieron gestiones expresas para detener cualquier proceso que pudiera incriminar a sus hijos, y se presionó a fiscales para que no abrieran carpetas o las dejaran estancadas indefinidamente.
El caso de Andrés Manuel López Beltrán es uno de los que está en el centro de la mira de las autoridades estadounidenses, que ya reunieron datos y testimonios que lo vinculan con actividades ilícitas. También se usó el poder oficial para proteger a gobernadores señalados por tener vínculos con el crimen organizado, como ocurrió con Rubén Rocha Moya o con autoridades de estados fronterizos. Cada intento de frenar la justicia solo confirma que quieren ocultar lo que no pueden defender ante nadie.
Pero el costo más alto lo pagamos todos, y lo vemos claramente reflejado en el tratado entre México, Estados Unidos y Canadá. Por querer proteger a esos funcionarios y a esa familia privilegiada, el Gobierno de Estados Unidos rechazó renovar el acuerdo comercial por un periodo amplio. Bien traída está la idea que circula por redes en estos días: “Proteger al narcogobernador de Rubén Rocha Moya nos acaba de costar el tratado de comercio con el mayor mercado del mundo”. Ahora tendremos revisiones anuales durante diez años completos.
Quienes tratan de explicar lo sucedido con el tratado comercial solo buscan confundir a la gente, como hace Marcelo Ebrard al afirmar que las revisiones anuales nos van a servir para atraer más dinero y proyectos. Si esa condición fuera realmente una ventaja, la propia administración habría pedido ese mecanismo desde el principio en lugar de aceptarlo por imposición. Lo que dice no tiene lógica. Ebrard intenta presentar la derrota como una oportunidad, pero olvida que Estados Unidos marcó desde hace tiempo sus condiciones: dar garantías legales reales, cortar cualquier relación con grupos delictivos y definir posturas claras frente a otras economías. Al no cumplir con nada de esto, nos quedamos con un acuerdo que puede modificarse en cualquier momento, y nadie menciona que esta situación afecta directamente a más de la mitad de lo que vendemos al exterior.
Proteger a unos cuantos terminó por debilitar el vínculo más importante que tenemos con el mercado más grande del mundo.
No hay vuelta atrás fácil. Cuando se pone el interés de una minoría por encima del bienestar general, el futuro del país se desmorona poco a poco. Esta etapa no construye nada sólido, solo deja deudas, desconfianza y problemas graves que las próximas generaciones tendrán que cargar y resolver.
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