La Cuarta Transformación llegó a la presidencia de México con una oferta política que encontró eco entre millones de mexicanos, quienes esperaban una reducción de los privilegios de la clase gobernante, un manejo más cuidadoso del dinero público y una forma distinta de ejercer el poder.
Desde el sexenio de López Obrador, la austeridad pasó a formar parte de la identidad política de Morena. El valor de un funcionario empezó a asociarse con la forma en que vestía, viajaba, comía o mostraba sus bienes, mientras el lujo de otros políticos se utilizaba como argumento para cuestionar su legitimidad. Esa estrategia permitió construir una imagen efectiva ante una sociedad que veía con molestia “los privilegios” de la clase gobernante. Pero hoy, ocho años después, resulta que la austeridad era obligatoria pero solo para los que vemos desde abajo porque los de arriba se las arreglaron para vivir como siempre, aunque juraran lo contrario con la mano en el corazón.
Los males de fondo como la violencia y la inflación ahí siguen, pero esos dos temas se quedaron en la orilla mientras los morenistas se dedicaban a fingir pobreza con las manos llenas. Porque seamos claros, el asunto central de esta administración más que combatir los males del país ha sido disfrazar los suyos propios.
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Los casos que involucran a sus integrantes hacen todavía más evidente la distancia entre la imagen promovida durante años y algunas conductas de quienes forman parte del movimiento. De pronto tu carro, tu reloj, tu casa y hasta tu boda dejaron de ser asunto privado para convertirse en prueba de lealtad al movimiento. Si tenías dinero propio la orden era esconderlo y comportarte como si no tuvieras nada, porque la apariencia se volvió el filtro para decidir quién era gente de bien y quién no. El estilo de vida dejó de ser decisión personal para convertirse en credencial política que había que renovar cada mañana.
Y claro, cuando obligas a todos a vestir de pobre los que son ricos se inventan el modo de parecer pobres sin dejar de ser ricos ni un segundo. Ahí está la gobernadora de Quintana Roo, que tomó casi cien vuelos en jets privados. Ahí está Noroña, que se pasea en una casa de doce millones de pesos como si eso fuera normal en este país. Y ahí está la presidenta de Morena, Ariadna Montiel, quien fue captada durante un traslado a bordo de una GMC Yukon Denali, una SUV de lujo cuyo modelo 2026 tiene un precio superior a los 2 millones de pesos. Cada uno hace lo que quiere con tal de que no lo vean, porque lo que importa no es ser austero, lo que importa es parecerlo.
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Y después llega el segundo informe de Claudia Sheinbaum y nos cuenta que todo va bien, porque la autocrítica es un lujo que este gobierno no se permite ni en sueños. Pero afuera las mediciones internacionales cuentan otra historia. En condiciones de vida, en percepción de corrupción, en calidad democrática, en seguridad y en acceso a la justicia, el país marcó un retroceso. El México que narran desde el podio y el México que miden desde afuera son dos países que no se parecen en nada.
La austeridad de este gobierno más que una virtud es un uniforme que te pones en la mañana y te quitas en la noche antes de abrir el clóset de verdad. Los funcionarios aprendieron a esconder lo que tienen y a mostrar lo que conviene, y eso es todo lo que la 4T les enseñó, porque como proyecto de cambio fue un fracaso, pero como escuela de actuación fue una maestría. Si entre la simulación y la verdad elegimos lo primero pues merecemos lo que tenemos y lo que nos cobran.

